Damián Feldman.
Cayó sobre mí y su cuerpo se pegó tanto al mío que sentí que iba a desfallecer. ¿Cuánto tiempo hacía que no rozaba su piel? Su aliento se mezclaba con el aroma del licor; olía delicioso y me moría de ganas por besarla, pero necesitaba que cediera por voluntad propia.
—¿A dónde vas? No vas a escapar de mí, Amelie —le dije.
—Damián, tengo que irme, ya sabes, Joseph… —murmuró nerviosa. Saqué el teléfono y marqué rápido el número de su madre.
—¿Hola? —respondió la voz al otro lado.