Damián Feldman.
—Eder, estoy un poco nervioso, llévame a la casa de Amelie, ¿podrías conducir por mí?
—¿Qué? Pero estamos lejos de ese lugar, señor, son casi dos horas de viaje. ¿Qué pasa?
Estrellé mis manos con furia contra el escritorio y arqueé una ceja.
—No te estoy pidiendo un favor, te estoy dando una orden. Llévame a la casa de Amelie, ahora mismo.
Miré mi reloj. Faltaban diez minutos para las tres de la tarde. Me hubiera gustado llegar cuando ella también lo hiciera, pero al menos tení