Fernando
El rugido de la moto aún retumbaba en mis oídos cuando se detuvo justo frente a la enorme finca. El aire de la madrugada olía a pólvora vieja y a tierra húmeda, como si el lugar mismo respirara violencia. Bajé de la moto y clavé mis ojos en la fachada imponente: muros altos, rejas negras como el pecado y ventanas iluminadas que parecían vigilarnos con una mueca de burla.
Salvador se quedó quieto a mi lado. Sus manos, todavía en el manillar, temblaban con esa mezcla de ira y desesperac