Fernando
La feria había terminado. Todo el bullicio de risas, niños corriendo con algodones de azúcar, hombres comentando las carreras y mujeres organizando los puestos… se había desvanecido. Ahora solo quedaba el silencio del convento, roto de vez en cuando por el canto nocturno de un grillo o el ulular lejano de un búho.
Caminaba de regreso con paso lento, mis botas marcaban la tierra suave del sendero, y cada pisada me pesaba como si cargara piedras en los bolsillos. No podía dejar de pensa