SOFÍA
—Suéltala.
Esa voz. Fuerte. Baja. Grave. Con una calma peligrosa que me hizo estremecer.
Fernando estaba ahí. De pie, tan firme como un roble. Su camisa blanca se pegaba a su torso por el sudor, sus jeans polvorientos le daban un aire salvaje y puro que me hacía latir el pecho tan rápido que dolía.
Leonardo, que me sujetaba del brazo con tanta fuerza que sentía los dedos clavándose en mi carne, ni siquiera volteó a verlo al principio. Solo rió con su típica risa oscura.
—Padrecito… este n