A las ocho en punto, el sol apenas tocaba las cortinas gruesas de la suite de Sean Castelli.
El sonido tenue de la ciudad no lograba penetrar el silencio denso del cuarto.
Sean dormía aún, el cuerpo cubierto hasta la cintura, respiración profunda, una copa vacía sobre la mesa de noche.
Había vuelto tarde, sin ganas de hablar, sin intención de dormir… pero el cansancio lo venció.
***
En el vestíbulo del hotel, Emily caminaba con paso ágil.
Llevaba su abrigo de lana claro sobre el