A la mañana siguiente, Sean se desperezó bajo la sábana blanca, el cabello alborotado y una sonrisa medio dibujada.
—Estaba pensando... —murmuró—. ¿China te parecería un punto medio razonable?
Entre Londres y Australia, digo. Neutral. Equidistante. Y muy buena comida.
Julie soltó una carcajada, girándose hacia él.
—Claro, porque nada dice “nido de amor” como una fábrica textil con vista al Yangtsé.
Aunque pensándolo bien, podría aprender mandarín y abrir una oficina ahí. Llamarla “R