La fiesta había comenzado con el pulso contenido de lo exclusivo.
El salón privado lucía impecable: luces cálidas, columnas desnudas y un cuarteto de jazz tocando como si las notas tuvieran protocolo.
Sean saludaba con cortesía, asentía con diplomacia.
Trajes impecables, regalos envueltos con la precisión de quien sabe cuánto vale quedar bien.
Botellas de vino de colección, plumas firmadas, relojes antiguos.
Todo por él.
Todo sin llegarle del todo.
Entonces la sorpresa.
Sa