El cuarto olía a desinfectante y a tiempo suspendido. Las cortinas del ventanal estaban entreabiertas, dejando entrar una luz gris que no iluminaba: sólo marcaba el día. La habitación 304 del Hospital General de Noosa tenía paredes pálidas, una butaca junto a la cama y un monitor que emitía pitidos suaves como si respirara en nombre de Julie.
Ella yacía allí desde la noche anterior. Dos días de observación. Una fractura en la pierna izquierda, contusión leve en la cabeza, y un recuerdo difuso