La luz matinal filtraba apenas entre las cortinas gruesas de la suite.
Julie se desperezó con lentitud, aún enredada entre las sábanas suaves y el aroma persistente a lavanda y madera.
Se incorporó con el cabello suelto cayéndole sobre el hombro, la piel tibia por el descanso y la respiración tranquila por primera vez en días.
Al girar el rostro vio a Sean, recostado en el sofá, con un brazo cubriéndole los ojos y el cuerpo relajado.
El torso desnudo dejaba ver las marcas sutiles del