-Nueve

La maleta estaba cerrada.

Camille la observó por unos segundos, como si aquel objeto sencillo representara una decisión imposible de revertir. No había ropa de lujo ni vestidos de gala en su interior, solo prendas sobrias, cuadernos de bocetos, su laptop, planos impresos y una carpeta con documentos personales.

Nada que perteneciera a Hunter.

Nada que la atara a la villa.

El silencio de la casa era absoluto. Hunter no estaba. Había salido temprano para un congreso empresarial, uno de esos eventos en los que su nombre era pronunciado como si fuera una leyenda viviente. Camille había aprovechado esa ausencia como una grieta en una prisión perfecta.

Miró por última vez el dormitorio. Las paredes blancas, la cama impecable, los muebles minimalistas. Todo parecía una habitación de hotel, no un hogar.

Nunca lo fue. Entonces durante estas dos semanas ella no extrañaría en lo absoluto aquel lugar.

Tomó la maleta y bajó las escaleras con pasos firmes. En la entrada, el automóvil de Black Group la esperaba. No era ostentoso, pero sí elegante. Un conductor con traje oscuro abrió la puerta trasera.

—Señora Camille —saludó con respeto—. El señor Alarcón me envía a recogerla.

Ella asintió.

—Gracias.

Antes de subir, se giró hacia la villa. El jardín estaba perfectamente cuidado, las luces encendidas, las ventanas cerradas. Todo en orden. Como siempre.

Pero ella sabía que aquel lugar estaba lleno de ausencias.

La suya, durante años.

La de Hunter, durante casi todo su matrimonio.

Subió al automóvil sin mirar atrás.

El vehículo se puso en marcha.

Mientras avanzaban por la ciudad, Camille observó las calles desde la ventana. La gente caminaba, los niños jugaban en las plazas, las parejas conversaban en cafeterías. Una vida normal. Una vida que ella nunca tuvo.

Recordó a los niños de Hunter, la mujer embarazada de su esposo. No sintió odio. Tampoco tristeza. Solo una calma extraña, como si la herida hubiera cicatrizado en algo frío y firme.

El aeropuerto apareció en la distancia, iluminado como una ciudad propia. Camille respiró hondo.

Mallorca la esperaba y la responsable de demostrar que tan buena era en la arquitectura.

Hunter regresó a la villa entrada la noche.

El congreso había sido un desfile de elogios, acuerdos, promesas y alianzas. Sonrió, estrechó manos, firmó contratos. Pero durante todo el día, una sensación incómoda se había instalado en su pecho.

Camille.

Desde la escena del divorcio, no había logrado expulsarla de su mente. No porque la extrañara, sino porque había desafiado algo que nadie se atrevía a desafiar.

Su autoridad.

Al entrar a la villa, el silencio lo recibió como una sombra.

Las luces estaban encendidas, pero el lugar se sentía distinto. Más frío. Más vacío.

Dejó las llaves sobre la mesa, se aflojó el nudo de la corbata y se quitó el abrigo. Caminó por el salón, revisando con una mirada automática cada rincón.

Todo estaba en su lugar.

Nada fuera de sitio.

Y, sin embargo, algo estaba mal.

Subió las escaleras con pasos lentos, como si su intuición ya supiera lo que iba a encontrar.

Abrió la puerta del dormitorio.

La cama estaba hecha.

El armario… ordenado.

Demasiado ordenado.

Hunter frunció el ceño. Se acercó al vestidor y abrió una de las puertas.

Vacío.

El otro lado, también.

Cajones sin ropa, estantes sin zapatos, perfumes desaparecidos. El espacio donde solían estar los libros de arquitectura de Camille estaba desierto.

Una ausencia calculada. Era evidente porque ella no tenía muchas cosas, razón por la cual que algo faltaba era evidente.

Hunter sintió una punzada en el pecho, una mezcla de irritación y algo más profundo que no quiso identificar.

—Camille… —murmuró.

Sacó su teléfono y marcó su número.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

La llamada fue directo al buzón de voz.

—¿Qué demonios, Camille? —gruñó entre dientes.

Sus ojos se oscurecieron. Caminó hasta el baño, abrió los gabinetes, revisó los cajones. No quedaba nada personal. Era como si nunca hubiera vivido allí. Su esposa en silencio siempre había sido muy ordenada y pulcra.

La villa era un escenario sin actriz principal.

Marcó de nuevo.

Buzón.

Su mandíbula se tensó.

—¿Dónde estás? —dijo, con voz baja, cargada de furia.

Colgó y, sin dudar, buscó otro contacto.

El investigador privado que siempre resolvía sus problemas.

La llamada fue contestada al segundo tono.

—De los Santos —saludó una voz masculina.

—Localiza a la señora de los Santos. De inmediato —ordenó Hunter, sin rodeos.

—¿Alguna pista?

—Ninguna. Pero quiero saber dónde está, con quién está y qué está haciendo. Ahora.

El investigador guardó silencio un segundo.

—Entendido.

Hunter colgó sin despedirse.

Se quedó de pie en el dormitorio, observando el espacio vacío que había pertenecido a Camille. Su mente se movía con rapidez, analizando escenarios.

¿Había huido?

¿Se había ido a Black Group?

¿A casa de alguien?

¿Lo abandono sin mirar atrás?

No. Camille no era impulsiva. Si se había ido, lo había planeado.

Y eso lo enfurecía aún más.

Bajó al salón y se sirvió un whisky. El líquido ámbar brilló en la copa mientras sus pensamientos se volvían más oscuros.

Ella había desafiado su orden.

Había salido de la villa sin permiso.

Había tomado una decisión sin él.

El cristal de la copa crujió bajo la presión de sus dedos.

—Crees que puedes huir de mí… —murmuró, con una sonrisa peligrosa—. Qué ingenua.

Su teléfono vibró.

Un mensaje del investigador.

“La señora de los Santos fue vista en el Aeropuerto Internacional. Vuelo con destino a Mallorca. El vehículo que la recogió pertenece a Black Group.”

Los ojos de Hunter se volvieron helados.

Mallorca.

Black Group.

Antony Alarcón.

El nombre resonó como una provocación directa.

Hunter apoyó la copa sobre la mesa con un golpe seco. Caminó hacia el ventanal, observando la ciudad iluminada. Sus pensamientos eran una tormenta contenida.

Ella se había ido con el hombre que era su rival.

Había aceptado un proyecto internacional, otr explicación no existía.

Había salido de su alcance.

Su pecho se llenó de una emoción que no reconoció de inmediato. No era solo ira. No era solo posesión.

Era la sensación de que algo que consideraba suyo estaba escapando.

Y eso era inaceptable.

—Estás jugando con fuego, Camille —susurró, mirando su reflejo en el vidrio—. Y el fuego soy yo.

Tomó su teléfono de nuevo.

—Quiero un informe completo de Black Group —ordenó a su asistente—. Quiero saber qué proyecto está haciendo Camille, quién la acompaña, dónde se hospeda, cada reunión, cada llamada.

—Sí, señor.

Colgó y se pasó una mano por el cabello.

La villa nunca había estado tan silenciosa.

Por primera vez, aquel lugar que siempre había sido su territorio absoluto se sentía… incompleto.

Y eso lo irritaba más que cualquier desafío empresarial.

Se sentó en el sofá, mirando el espacio donde Camille solía sentarse por las noches, leyendo o trabajando. Recordó sus silencios, sus miradas contenidas, sus palabras medidas.

La había subestimado.

Pensó que ella lloraría, suplicaría por más información o aceptaría con sumisión la verdad que ella creía.

Pensó que jamás tendría el valor de irse.

Y ahora estaba en un avión, lejos de él, trabajando para su enemigo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa.

—No has escapado, Camille —murmuró—. Solo has comenzado una guerra que no puedes ganar.

La villa permaneció en silencio.

Pero en la mente de Hunter De los Santos, ya se estaba desatando una tormenta.

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