Se quedó observando a Camille como si fuera una pieza nueva en un tablero que creía dominar por completo. La luz del salón dibujaba sombras duras sobre su rostro, marcando aún más la severidad de sus facciones. No había enojo abierto en sus ojos, sino algo más inquietante: cálculo.
—Pero Camille, recuerda esto, trabajar conmigo no es un favor —dijo al fin—. Es un privilegio.
Camille no bajó la mirada.
—Lo sé.
Hunter dio un paso lento, rodeándola, como un depredador que inspecciona antes de