Mundo de ficçãoIniciar sessãoSe quedó observando a Camille como si fuera una pieza nueva en un tablero que creía dominar por completo. La luz del salón dibujaba sombras duras sobre su rostro, marcando aún más la severidad de sus facciones. No había enojo abierto en sus ojos, sino algo más inquietante: cálculo.
—Pero Camille, recuerda esto, trabajar conmigo no es un favor —dijo al fin—. Es un privilegio. Camille no bajó la mirada. —Lo sé. Hunter dio un paso lento, rodeándola, como un depredador que inspecciona antes de decidir si atacar o permitir que la presa viva un poco más. —Si entras a mi empresa —continuó—, no lo harás como mi esposa caprichosa. Lo harás bajo mis condiciones. Camille cruzó los brazos, preparándose. —Te escucho. Hunter se detuvo frente a ella. —Primera condición —dijo con voz firme—: no volverás a tener ningún tipo de contacto con Antony Alarcón. Camille tensó apenas la mandíbula. —Ni llamadas. Ni mensajes. Ni encuentros “casuales”. ¿Queda claro? —Sí —respondió ella—. Queda claro. —Segunda —prosiguió—: no quiero verte cerca de ningún otro hombre fuera del entorno estrictamente profesional… y eso incluye sonrisas innecesarias, confidencias y cualquier gesto que pueda prestarse a malinterpretaciones. —¿Malinterpretaciones de quién? —preguntó Camille. Hunter inclinó la cabeza. —Mías. El aire se volvió más denso. —Tercera condición —continuó—: tu agenda, tus proyectos y tus desplazamientos estarán bajo mi conocimiento. No pido permiso. Exijo transparencia. Camille sintió el peso real de lo que estaba aceptando. —¿Algo más? —preguntó con calma forzada. Hunter la miró fijamente. —Sí. Mientras trabajes para mí… sigues siendo mi esposa. Y quiero que el mundo lo sepa. Aquella fue la más peligrosa de todas. Camille respiró hondo. —Acepto —dijo—. Pero tengo una condición también. Hunter alzó una ceja, sorprendido. —Habla. —Libertad absoluta para desarrollar un proyecto que tengo en mente —expuso—. Sin interferencias. Sin sabotajes. Sin usarlo como arma. Hunter la observó durante largos segundos. —¿Confías demasiado en ti misma? —preguntó. —No —respondió—. Confío en mi talento. Una sonrisa lenta, oscura, se dibujó en los labios de Hunter. —Está bien —aceptó—. Tendrás tu proyecto. Extendió la mano. —Pero no olvides, Camille… todo esto sigue ocurriendo dentro de mi territorio. Ella miró su mano. Sabía que ese gesto no era un acuerdo común. Era un pacto. Aun así, la estrechó. El contacto fue breve. Frío. El inicio de algo que no prometía nada bueno. A la mañana siguiente, Camille se miró en el espejo de la habitación. La mujer que la observaba no era la misma que había esperado durante años en silencio. Sus ojos seguían siendo verdes, pero ahora había en ellos una determinación que antes no existía. Cerró los ojos por unos segundos. No es rendición, se dijo. Es estrategia. Bajó las escaleras con paso firme. Hunter ya estaba en la sala. Impecable. Traje oscuro, reloj costoso, postura recta. La autoridad hecha carne. Parecía un hombre que no dudaba jamás… aunque algo en su mirada se detuvo apenas al verla. —Hoy inicias en mi empresa —dijo—. No llegamos tarde. Camille asintió. Ambos abandonaron la villa sin mirar atrás. El vehículo avanzó por la ciudad, rumbo a la empresa de Hunter De Los Santos. Dos voluntades. Un mismo destino. Y una guerra silenciosa que acababa de comenzar. El edificio de De Los Santos Corporation se alzaba imponente contra el cielo, una estructura de cristal y acero que reflejaba el sol de la mañana como si no perteneciera al mundo común. Todo en él hablaba de poder, de dinero, de decisiones que no pedían permiso. El automóvil se detuvo frente a la entrada principal. Hunter fue el primero en bajar. Su sola presencia parecía alterar el aire. Caminaba con paso firme, seguro, como un hombre que sabía que aquel lugar le pertenecía. El traje oscuro estaba hecho a su medida, cada línea marcando su autoridad. No miró a nadie en particular, pero todos lo miraron a él. Camille descendió después. Y el efecto fue distinto… pero igual de contundente. Las miradas se desviaron de inmediato hacia ella. No por ostentación ni por exageración, sino por algo más sutil: presencia. Su porte era sereno, elegante sin esfuerzo. El vestido sobrio que había elegido realzaba su figura sin gritarla, y su rostro —tranquilo, concentrado— irradiaba una belleza que no necesitaba permiso. Camille lo notó. No con vanidad, sino con conciencia. Sabía que, desde ese instante, ya no sería invisible. Hunter avanzó hacia la entrada sin mirarla, pero era plenamente consciente de cada reacción que ella provocaba. Los murmullos. Las miradas furtivas. El respeto inmediato que el personal mostraba al verla caminar a su lado. Mi esposa, pensó, sin saber si la idea lo satisfacía o lo inquietaba. El vestíbulo era amplio, luminoso, impersonal. Un espacio diseñado para impresionar y mantener distancia. Al cruzar el control de seguridad, los saludos se multiplicaron. —Buenos días, señor De Los Santos. —Buenos días. Hunter respondió con breves asentimientos. Camille imitó su ritmo, observando con atención. Estaba entrando no solo a una empresa… sino a un ecosistema dominado por reglas invisibles. El ascensor los llevó en silencio hasta los pisos superiores. —Tu oficina está lista —dijo Hunter finalmente—. Quiero que tengas independencia… dentro de lo razonable. Camille no respondió. Guardaba cada palabra. El piso que se le asignó era alto, con ventanales amplios y una vista privilegiada de la ciudad. La oficina era elegante, moderna, perfectamente ubicada. No era un rincón olvidado. Era un lugar de peso. —Aquí trabajarás —anunció Hunter—. Tendrás acceso directo a los equipos técnicos y a los proyectos que autorice. Camille recorrió el espacio con la mirada. —Es suficiente —dijo. Hunter la observó un segundo más. —No confundas esto con libertad —advirtió—. Es eficiencia. —Lo entiendo —respondió ella con calma. Él se marchó poco después, dejándola sola por primera vez dentro de su dominio. Camille soltó el aire lentamente. Aquí empieza todo, pensó. Las horas transcurrieron entre presentaciones formales, documentos, claves de acceso y miradas curiosas. Algunos empleados la observaban con cautela. Otros con abierta admiración. No faltaron quienes murmuraron a sus espaldas. La esposa del jefe. La nueva arquitecta. ¿Qué hace aquí? Camille no se dejó afectar. Se concentró en adaptarse. En leer. En comprender la estructura interna de la empresa. Su mente trabajaba rápido, analítica, como siempre. A pesar de la tensión que llevaba dentro, se sentía… viva. Cuando el reloj marcó la hora del almuerzo, Camille decidió salir unos minutos. Necesitaba aire. Espacio. Tomó su bolso y se dirigió hacia el pasillo. Fue entonces cuando ocurrió. Al doblar la esquina, la vio. La mujer avanzaba acompañada por una asistente. Su andar era pausado, cuidado. El vientre abultado era imposible de ignorar. Su rostro estaba sereno, incluso hermoso, con esa luminosidad particular que da la maternidad. Camille se detuvo en seco. La otra mujer también. Sus miradas se encontraron. El tiempo pareció contraerse. Camille reconoció cada rasgo. No porque los hubiera memorizado… sino porque los había sufrido. Era la mujer del restaurante. La mujer de los videos. La madre de los hijos de Hunter. La esposa que no lo era. El pulso de Camille se aceleró, pero no retrocedió. No bajó la mirada. No mostró debilidad. La mujer fue la primera en avanzar, pasando junto a Camille con un leve gesto de cabeza. No hostil. No amable. Simplemente… consciente. Camille permaneció inmóvil unos segundos más. Sintió cómo el corazón golpeaba con fuerza en su pecho, pero su rostro se mantuvo impasible. Respira, se ordenó. Aquí no eres la esposa engañada. Aquí eres la arquitecta. Tres días después. El tiempo había pasado con una calma engañosa, como si la empresa entera respirara bajo una superficie de cristal. Camille permanecía sentada en su oficina, frente al ventanal, observando el reflejo de la ciudad que se extendía a lo lejos. El cielo estaba despejado, demasiado tranquilo para el nudo que sentía en el estómago. Tenía una carpeta entre las manos. No era una carpeta cualquiera. Dentro estaba el proyecto que había trabajado durante noches enteras, afinando cada detalle con una precisión casi obsesiva. Había puesto en él no solo su conocimiento como arquitecta, sino algo más profundo: su salida. Camille inhaló despacio. Sentía nervios, sí. No podía negarlo. Pero no eran los nervios de la mujer que teme. Eran los de alguien que está a punto de cruzar una línea definitiva. Se puso de pie. Acomodó la carpeta contra su pecho y salió de la oficina. El sonido de sus tacones resonó firme por el pasillo, marcando un ritmo decidido. Varias miradas se posaron en ella, pero Camille no se detuvo. No hoy. Llegó frente a la puerta de la oficina de Hunter De Los Santos. La más imponente del piso. Tocó dos veces. —Adelante —respondió la voz grave desde el interior. Camille entró. Hunter estaba de pie, junto al ventanal, con la ciudad a sus espaldas. Llevaba un traje oscuro, perfectamente ajustado, y sostenía una taza de café en la mano. Al verla, sus ojos se posaron en ella con atención inmediata. —¿Necesitas algo? —preguntó. Camille dio un paso al frente. —Sí —respondió con serenidad—. Quiero hablarte de un proyecto. Necesito tu autorización para ponerlo en marcha. Hunter alzó una ceja, intrigado. —Siéntate. Camille se sentó frente a su escritorio y colocó la carpeta sobre la superficie pulida. La deslizó hacia él con cuidado. —Es una propuesta integral —explicó—. Desarrollo, estructura, impacto urbano y proyección a largo plazo. Todo está ahí. Hunter dejó la taza a un lado y tomó la carpeta. Abrió la primera hoja. El silencio se instaló en la oficina. Camille observaba cada uno de sus gestos con atención contenida. Hunter avanzaba página por página, sus ojos oscuros recorriendo planos, cifras, esquemas. Su expresión no cambiaba demasiado, pero ella conocía lo suficiente su rostro para notar los pequeños detalles: la leve inclinación de la cabeza, el ceño apenas fruncido cuando algo le interesaba, el gesto concentrado de quien evalúa sin prisa. Pasaron varios minutos. Camille mantuvo las manos entrelazadas sobre su regazo. Las sentía húmedas. Sudorosas. Aun así, su postura era recta. Finalmente, Hunter cerró la carpeta. —Me gusta —dijo. Camille parpadeó. —¿…Te gusta? —repitió, con cautela. Hunter apoyó los codos sobre el escritorio. —Es sólido. Ambicioso, pero viable. Bien pensado. No había terminado de leerlo todo, pero ya lo sabía. Hunter no necesitaba hacerlo cuando algo cumplía con sus estándares. Tomó una pluma. —¿Cuándo iniciarías? —preguntó mientras se otras hojas cubren algunos encabezados. —En aproximadamente cuarenta y cinco días —respondió Camille—. Necesito ese tiempo para ajustes técnicos y permisos previos. Hunter asintió. —Cuenta con mi apoyo. Y entonces, sin más preguntas, firmó. Una hoja. Otra. Y otra más. La pluma avanzaba con trazos firmes, seguros, como siempre. Camille observaba cada firma con el pulso acelerado, obligándose a no cambiar su respiración. Hunter cerró la carpeta y se la devolvió. —Buen trabajo —dijo—. Continúa así. Camille la tomó. —Gracias —respondió. Se puso de pie. Antes de salir, Hunter añadió: —Este proyecto te dará visibilidad dentro de la empresa. Camille sostuvo su mirada. —Eso espero. Salió de la oficina sin apresurarse. Cuando la puerta se cerró tras ella, Camille avanzó unos pasos por el pasillo… y entonces dejó escapar el aire que había estado conteniendo. Un suspiro largo. Profundo. Sus manos temblaban levemente. Se miró los dedos: estaban húmedos, fríos. El cuerpo recién ahora comprendía la magnitud de lo que acababa de ocurrir. Caminó de regreso a su oficina con el corazón golpeándole el pecho, pero el rostro sereno. Nadie debía notar nada. Entró y cerró la puerta. Apoyó la espalda contra ella durante unos segundos. Luego caminó hasta su escritorio. Colocó la carpeta encima… y la abrió. Pero no se detuvo en los planos ni en las proyecciones. Metió la mano dentro y extrajo otra pila de documentos. Eran hojas perfectamente ordenadas, todas con la misma firma al final. La firma de Hunter De Los Santos. Camille pasó la primera página. En el encabezado, en letras claras y formales, se leía: DEMANDA DE DIVORCIO Esta vez, no había nervios. Solo certeza. Hunter firmó el divorcio.






