La puerta de la habitación del hotel se cerró tras Camille con un sonido seco.
El silencio la envolvió de inmediato, pesado, asfixiante. La luz de Mallorca entraba por el ventanal, pero ya no era dorada ni amable. Era una luz fría, nocturna, que parecía subrayar la soledad del espacio.
Camille dejó el bolso sobre la mesa sin siquiera mirarlo. Caminó hasta el borde de la cama y se sentó, con la espalda recta, las manos apoyadas sobre los muslos.
Su teléfono descansaba entre sus dedos.
Lo