-Catorce

La puerta de la habitación del hotel se cerró tras Camille con un sonido seco.

El silencio la envolvió de inmediato, pesado, asfixiante. La luz de Mallorca entraba por el ventanal, pero ya no era dorada ni amable. Era una luz fría, nocturna, que parecía subrayar la soledad del espacio.

Camille dejó el bolso sobre la mesa sin siquiera mirarlo. Caminó hasta el borde de la cama y se sentó, con la espalda recta, las manos apoyadas sobre los muslos.

Su teléfono descansaba entre sus dedos.

Lo miró durante varios segundos antes de marcar.

Hunter.

El tono sonó una vez.

Dos.

Tres.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Esta vez, ni siquiera llegó al tono. Buzón directo.

Camille apretó los labios. No era un error de señal. No era casualidad.

Hunter sabía.

Sabía que ella llamaba no para suplicarle, ni para discutir, ni para explicarse. Llamaba para defender a Antony. Para pedirle que detuviera aquella locura.

Y Hunter De los Santos no iba a tolerar eso.

Volvió a marcar.

Nada.

Una cuarta vez.

Una quinta.

El mismo silencio impersonal.

Camille dejó caer el brazo, apoyando el teléfono contra su muslo. Cerró los ojos por un instante y respiró hondo, obligándose a no dejarse vencer por el pánico.

Pensó en Antony.

En su voz al teléfono.

En la forma en que había intentado mantener la calma mientras su mundo profesional se desmoronaba.

No era solo un proyecto.

Era reputación.

Era tiempo.

Era dinero.

Era credibilidad.

Y todo por ella.

Un peso denso se instaló en su pecho.

—Maldito seas, Hunter… —susurró.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Abrió el cristal y dejó que el aire nocturno la golpeara de frente. Necesitaba frío. Necesitaba algo que la anclara.

Esto es culpa mía, pensó, aunque una parte de ella se rebelaba contra esa idea.

No.

No era culpa suya que su esposo fuera un hombre capaz de destruir sin pestañear.

Aun así, la culpa estaba ahí. Incómoda. Pesada.

La noche avanzó lenta. Demasiado lenta.

Cuando ya se preparaba para dejar el teléfono sobre la mesa, una vibración corta la detuvo.

Mensaje entrante.

El corazón le dio un salto violento.

No había palabras.

Solo una dirección.

Un hotel.

Y el nombre del remitente: Hunter.

Camille no dudó.

No pensó en consecuencias. No pensó en miedo. No pensó siquiera en lo que iba a decir.

Tomó el bolso, se puso el abrigo y salió.

Treinta minutos después, estaba frente a la puerta de la suite.

Golpeó una sola vez.

La puerta se abrió casi de inmediato.

Hunter estaba allí.

Impecable. Oscuro. Peligroso.

La camisa negra abierta en el cuello, las mangas remangadas, el rostro tallado en una expresión de control absoluto… salvo por los ojos. Sus ojos ardían.

—No sabía que vendrías mía corriendo solo por defender a Alarcón —dijo, con una media sonrisa cargada de veneno.

Camille entró sin responder.

Cerró la puerta detrás de sí.

Se colocó frente a él. A un metro. Dos miradas chocando como placas tectónicas.

Por un segundo, Hunter creyó haber ganado.

Entonces ocurrió.

El sonido fue seco. Brutal.

La bofetada cruzó el aire y estalló contra su rostro con una fuerza que no esperaba. La cabeza de Hunter giró apenas, sorprendido más que herido.

El silencio posterior fue ensordecedor.

—Eres un imbécil, Hunter —dijo Camille, con la voz firme, temblando solo lo justo para demostrar que estaba viva—. Un maldito imbécil.

Hunter reaccionó por puro instinto.

Le sujetó la muñeca con fuerza, apretando lo suficiente para dejar claro que no estaba acostumbrado a ese desafío.

—¿Acabas de golpearme, Camille? —preguntó, incrédulo, con la voz baja y peligrosa.

Ella no se encogió. No retrocedió.

—Lo hice porque eres un patán, Hunter De los Santos.

Las palabras cayeron con más fuerza que la bofetada.

Hunter la observó como si la estuviera viendo por primera vez. No había lágrimas. No había súplica. No había miedo.

Solo determinación.

—¿Sabes lo que acabas de hacer? —murmuró él, apretando un poco más.

Camille sostuvo su mirada.

—Sí —respondió—. Cruzar una línea que tú creíste eterna.

Hunter soltó una risa breve, incrédula.

—Sigues siendo mi esposa.

—No —replicó ella—. Soy la mujer a la que intentas controlar porque no soportas perder.

El agarre se tensó.

—Todo esto —continuó Camille—, lo que hiciste hoy… no fue por negocios. Fue por celos. Y eso te enfurece aún más, porque no eres capaz de admitirlo.

—Cállate —ordenó él.

—No —dijo ella—. No voy a callarme más.

Hunter la soltó de golpe, como si su piel le quemara.

Camille bajó el brazo lentamente, sin frotarse la muñeca. No iba a darle esa satisfacción.

—Destruiste el trabajo de un hombre inocente solo para castigarme —prosiguió—. Solo para recordarme que crees que puedes aplastar todo lo que toque.

Hunter dio un paso hacia ella.

—Puedo —dijo—. Y lo haré las veces que sea necesario.

—Eso es lo que te convierte en un monstruo —replicó Camille—. No tu poder. Tu necesidad de ejercerlo.

Hunter la miró con furia contenida.

—No vuelvas a defender a Antony Alarcón —advirtió—. Ni con palabras. Ni con miradas. Ni con gestos.

Camille respiró hondo.

—No eres mi dueño.

—Soy tu esposo.

—Eres un hombre que cree que un anillo le da derechos sobre mi vida —respondió—. Y estás equivocado.

Hunter ladeó la cabeza.

—Todo lo que tienes es gracias a mí.

—No —corrigió ella—. Todo lo que he perdido… ha sido por ti.

El golpe fue certero.

Hunter guardó silencio.

Camille dio un paso atrás, marcando distancia.

—Escúchame bien, Hunter —dijo, con una calma peligrosa—. No te llamé para suplicarte. Te llamé para advertirte. Si sigues atacando a Antony… si sigues usando tu poder para castigar a otros por tu ego herido… voy a ir hasta el final.

—¿Amenazándome? —sonrió él.

—Prometiéndotelo.

Hunter la observó con una mezcla de furia y algo que no quería nombrar.

—Esto no termina aquí —dijo.

—Lo sé —respondió Camille—. Pero tampoco termina como tú quieres.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

—Camille —la llamó.

Ella se detuvo, sin girarse.

—No soy la misma mujer que dejaste esperando en una villa llena de ausencias —dijo—. Y tú… ya no eres el hombre al que temo.

Abrió la puerta y salió.

Hunter se quedó solo en la suite, con la mejilla aún ardiendo y el eco de sus palabras golpeándole el pecho.

Por primera vez en mucho tiempo, algo no estaba bajo su control.

Y eso lo enfurecía aún más.

La noche en Mallorca fue silenciosa.

Demasiado.

Camille permanecía sentada frente al ventanal de su habitación, con las luces de la ciudad reflejándose en el cristal como estrellas rotas. Tenía el teléfono apoyado en la mesa, la pantalla apagada, pero su mente no dejaba de repetir la misma escena: Antony recibiendo aquella llamada, su silencio tenso, la manera en que había respirado hondo antes de colgar.

No había gritado.

No había golpeado la mesa.

Y eso había sido lo peor.

Camille cerró los ojos lentamente.

Hunter no solo había atacado un proyecto. Había provocado un efecto dominó. Proveedores retirándose. Inversionistas congelando fondos. Socios dudando. El nombre de Antony Alarcón —hasta entonces sólido— empezaba a ser cuestionado.

Y todo… por ella.

No porque Antony la hubiera usado. No porque ella lo hubiera pedido. Sino porque Hunter necesitaba reafirmar que nadie tocaba lo que él consideraba suyo.

El estómago se le cerró.

—Esto es grave… —susurró.

No era una pelea entre hombres.

No era una guerra de egos sin consecuencias.

Era destrucción real.

Camille tomó el teléfono y marcó el número de Antony.

Él respondió casi de inmediato.

—Camille.

Su voz sonaba cansada, pero firme.

—He estado pensando —dijo ella sin rodeos—. Esto no debería escalar más.

Hubo un silencio breve.

—No es tu culpa —respondió Antony—. Hunter hizo su movimiento. Yo haré el mío.

—Pero yo soy el detonante —replicó—. Y no voy a quedarme aquí mientras todo se desmorona a tu alrededor.

Antony exhaló despacio.

—¿Qué estás diciendo?

Camille miró la ciudad una última vez.

—Voy a volver al país.

El silencio al otro lado de la línea fue más largo esta vez.

—No tienes que hacerlo —dijo él al fin—. Puedo manejarlo.

—Lo sé —respondió ella—. Y sé que lo harás. Pero necesito enfrentar esto desde el origen.

Antony comprendió de inmediato a qué se refería.

—¿Hunter?

—Sí.

Él no intentó retenerla. No la convenció. No la presionó.

—Estabilizaré todo —dijo—. No voy a soltar lo que construí. Ni a ti… aunque te vayas.

Camille cerró los ojos un instante.

—Gracias por entender.

—Cuídate —respondió Antony—. Esto aún no termina.

Cuando la llamada finalizó, Camille sintió una extraña mezcla de alivio y determinación. No huía. Tampoco regresaba derrotada.

Regresaba con una decisión.

Hunter recibió el informe esa misma tarde.

Camille De Los Santos había abandonado Mallorca.

Viajaba sola.

Destino: Villa De los Santos

Hunter dejó el documento sobre el escritorio con lentitud.

—Interesante… —murmuró.

No había triunfo en su expresión. Tampoco sorpresa. Solo una atención afilada. Camille regresando por voluntad propia no encajaba del todo con el perfil que él había construido.

Algo no cerraba.

Horas después, al llegar a la villa, el silencio lo recibió como un viejo conocido.

Demasiado orden.

Demasiada quietud.

Hunter se aflojó el nudo de la corbata mientras avanzaba por el salón… y entonces la vio.

Camille estaba sentada en el sillón.

En ese sillón.

El mismo en el que había pasado incontables noches esperándolo. El lugar exacto donde la resignación había aprendido a respirar.

Pero ahora… algo era distinto.

Ella no estaba encogida.

No estaba ausente.

No estaba rota.

Lo miró directamente.

—Quiero hablar contigo —dijo.

Hunter se detuvo.

Sus ojos se encontraron.

Había un brillo nuevo en los de Camille. No era miedo. No era desafío abierto. Era… claridad.

—Te escucho —respondió él, cruzando los brazos.

Camille se levantó con calma.

—He pensado mucho —comenzó—. En tus amenazas. En lo que eres capaz de hacer. En lo que ocurrió con Antony. — Hunter no apartó la mirada. —Y llegué a una conclusión. —Dio un paso hacia él. —Quiero trabajar contigo.

El silencio fue absoluto. Hunter parpadeó una sola vez.

—¿Qué? —preguntó, incrédulo.

Camille sostuvo su mirada.

—No puedo trabajar en ninguna empresa —continuó—. No puedo ejercer sin que tú destruyas lo que toco. Así que supongo que no tengo otra opción que pedirle trabajo a mi esposo.

Hunter la observó como si estuviera frente a un enigma peligroso.

—¿Esto es una provocación?

—No —respondió ella—. Es una propuesta.

—Después de todo lo que pasó… ¿crees que voy a aceptarlo? —espetó él.

Camille inclinó ligeramente la cabeza.

—No lo sé —dijo—. Pero sé que no esperabas esto.

Y tenía razón.

Hunter dio un paso más cerca.

—¿Por qué ahora?

—Porque no voy a desaparecer —respondió—. Y porque si vas a vigilar cada uno de mis pasos… prefiero hacerlo frente a ti. Sin que otras personas salgan afectadas.

El silencio se tensó.

Hunter sonrió lentamente.

—Eres más peligrosa de lo que creía, Camille.

Ella no retrocedió.

—Aprendí del mejor.

Y en ese instante, Hunter comprendió algo inquietante:

Camille ya no jugaba a huir.

Jugaba a entrar al terreno del enemigo.

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