-Diez

La noche caía sobre la ciudad como una manta de acero cuando el informe llegó a las manos de Hunter De los Santos.

Su despacho estaba iluminado por una única lámpara de escritorio. El resto del edificio permanecía en penumbra, pero su mente estaba despierta, afilada, peligrosa. Frente a él, su asistente mantenía una postura rígida, consciente de que cualquier error podía costarle el empleo… o algo peor.

—Este es el informe completo, señor —dijo, colocando una carpeta negra sobre la mesa—. La señora de los Santos fue contratada formalmente por Black Group. Proyecto internacional, sede en Mallorca. Estará allí catorce días. Antony Alarcón la eligió personalmente para liderar el diseño del complejo residencial. Otorgando a la señora De Los Santos plena confianza.

Hunter no respondió de inmediato.

Abrió la carpeta con lentitud, como si cada hoja fuera una provocación directa. Sus ojos recorrieron los documentos: contratos, itinerarios, fotografías del lugar, el nombre de Camille como arquitecta principal del proyecto.

Camille De los Santos.

Camille, Camille, mi esposa olvidada—pensó con ironía cruel.

Sus facciones se endurecieron.

—¿Más? —preguntó con voz baja.

—El señor Alarcón ha solicitado absoluta discreción respecto a su participación. También… —el asistente dudó— también ha pedido que ella tenga total autonomía creativa. La considera una pieza clave del proyecto.

Hunter apretó la mandíbula.

Autonomía.

La palabra le resultó insoportable.

Cerró la carpeta de golpe. Sus ojos se oscurecieron como un cielo antes de una tormenta. Se levantó de la silla con un movimiento lento, peligroso, como un depredador que ha decidido cazar.

Caminó hacia el ventanal de su despacho, mirando la ciudad iluminada.

—No, Camille —murmuró, con una sonrisa que no contenía nada amable—. Esto no se queda así.

Se giró hacia su asistente.

—Prepara el jet privado. Salimos a Mallorca en dos horas.

El hombre abrió los ojos con sorpresa.

—¿Esta noche, señor?

—¿Tengo que repetirlo? —preguntó Hunter, con voz suave y mortal.

—No, señor.

El asistente salió casi corriendo.

Hunter se sirvió un whisky y lo bebió de un solo trago. El líquido quemó su garganta, pero no tanto como la idea de Camille trabajando para su rival, lejos de su control.

No le molestaba que trabajara.

Le molestaba que trabajara sin él.

Y peor aún: con Antony Alarcón.

Antony. El hombre que siempre había intentado competir con él. El único que no le temía.

Crees que puedes protegerla de mí, pensó Hunter. Qué adorable.

Su sonrisa se volvió peligrosa.

Mallorca brillaba bajo el sol mediterráneo como una postal de lujo y promesas.

Camille descendió del avión con paso sereno, aunque por dentro su corazón latía con fuerza. El aire era distinto, salado, fresco. El cielo azul se extendía sin límites, y por primera vez en años, no sintió el peso de una villa silenciosa sobre sus hombros.

Un vehículo negro de Black Group la esperaba.

—Señora De los Santos —saludó el conductor—. El señor Alarcón la espera en la oficina provisional del proyecto.

Camille asintió y subió.

Durante el trayecto, observó la costa, las construcciones modernas, el mar extendiéndose hasta perderse en el horizonte. Ese lugar no conocía a Hunter. No conocía su matrimonio. No conocía su dolor.

Era un comienzo.

Al llegar a la sede temporal de Black Group, fue recibida por un equipo de arquitectos, ingenieros y diseñadores. Todos la miraban con respeto y curiosidad. Sabían quién era, sabían quién era su esposo, pero también conocían su reputación académica.

Antony Alarcón la esperaba en una sala de reuniones amplia, con paredes de cristal y vistas al mar.

Era un hombre alto, de porte elegante, cabello oscuro y mirada inteligente. No había arrogancia en él, sino una calma firme que inspiraba confianza.

—Camille —dijo al verla entrar, poniéndose de pie—. Bienvenida a Mallorca. Yo tuve que venir antes para cerrar algunos detalles, pero lo importante es que también estas aquí.

—Gracias, señor Alarcón.

—Por favor, llámame Antony. Aquí somos un equipo.

Ella asintió.

—Antony.

Se sentaron frente a frente, con planos extendidos sobre la mesa.

—He estado revisando una vez mas tus proyectos —comenzó él—. Tu enfoque en espacios habitables, sostenibles y humanos es exactamente lo que queremos. Este proyecto no es solo lujo. Es vida.

Camille deslizó sus dedos sobre los planos.

—El lujo sin humanidad es solo una jaula elegante —respondió—. Si la gente no siente pertenencia, el espacio fracasa.

Antony la observó con interés genuino.

—Exactamente lo que pensé cuando vi tu propuesta. Quiero que lideres el diseño conceptual. Tendrás libertad total, pero trabajaremos en conjunto.

—Estoy de acuerdo —dijo Camille, sin titubear—. Pero necesito acceso completo a los datos del terreno y al equipo de ingeniería estructural.

—Ya está hecho.

Camille levantó la mirada, sorprendida.

—¿Hecho?

—Antes de que llegaras. Sabía que lo pedirías.

Ella sonrió apenas.

—Entonces sabe cómo trabajo.

—Lo sé.

Se produjo un breve silencio, pero no incómodo. Antony la observaba con una mezcla de respeto y algo más contenido. Pero no cruzaba ninguna línea.

—Camille —dijo con voz más suave—. Quiero preguntarte algo. Y si no deseas responder, lo entenderé.

Ella lo miró con calma.

—Adelante.

—Los problemas con Hunter… ¿afectarán tu trabajo aquí?

Camille no dudó.

—No.

La respuesta fue firme, sin emociones visibles.

—Mi vida personal no interfiere con mi trabajo.

Antony asintió.

—No quiero que estés aquí si esto te va a traer problemas. Conozco a Hunter. Sé cómo opera.

—No necesito que me protejas —respondió ella—. Solo necesito que confíes en mi profesionalismo.

Él la observó unos segundos, luego sonrió con admiración.

—Confío.

Se levantaron y caminaron hacia una maqueta digital proyectada en la pared.

—Este será el núcleo del complejo —explicó Antony—. Espacios abiertos, integración con el paisaje, zonas comunitarias. Pero falta algo.

Camille se acercó, analizando.

—Falta alma —dijo—. No es suficiente con que sea bello. Necesita contar una historia.

Tomó un marcador y comenzó a dibujar sobre el esquema digital.

—Aquí —dijo—. Un corredor verde que conecte todas las áreas. No solo un jardín, sino un eje emocional. La gente no recordará los edificios. Recordará cómo se sintió caminando por aquí.

Antony la miraba, fascinado.

—Eso es brillante.

—No es brillante —respondió—. Es humano.

Él sonrió.

Durante horas trabajaron sin pausa. Camille se movía entre pantallas, planos y equipos, explicando, corrigiendo, proponiendo. Su mente era precisa, su voz segura. No había duda en sus decisiones.

El equipo la escuchaba con respeto.

Antony no apartaba la mirada.

No veía a la esposa de Hunter.

Veía a una arquitecta excepcional.

Veía a una mujer que brillaba por sí misma.

Cuando finalmente hicieron una pausa, ya era tarde. El sol comenzaba a ocultarse.

—Deberías descansar —dijo Antony—. Mañana será intenso.

—Lo sé.

—He reservado una suite para ti cerca del mar. El equipo se hospeda en el mismo hotel.

—Gracias.

Se quedaron unos segundos en silencio.

—Camille —dijo Antony, con voz medida—. Quiero que sepas algo. Mi interés en ti no es empresarial únicamente.

Ella levantó la mirada, pero no retrocedió.

—Lo sé.

—No voy a cruzar ninguna línea. Sé que estás casada. Y no soy Hunter.

Ella sostuvo su mirada.

—Lo aprecio.

—Pero tampoco voy a fingir que no me importas. Eres brillante. Y peligrosa —añadió con una leve sonrisa—. En el buen sentido.

Camille asintió, sin mostrar incomodidad.

—Mientras mantengamos esto profesional, no habrá problemas.

—Eso espero.

A miles de kilómetros, Hunter De los Santos abordaba su jet privado.

El interior era silencioso, lujoso, frío. Se sentó junto a la ventana, mirando las luces de la pista desaparecer.

Tenía el informe de Camille sobre la mesa. Sus fotografías. Sus proyectos. Sus movimientos.

Ella había salido de su control.

Pero él no era un hombre que aceptara perder.

Tomó su teléfono y escribió un mensaje.

“Prepara una reunión con Black Group. Oficial. Quiero estar en Mallorca mañana.”

Luego cerró los ojos.

En su mente, Camille caminaba entre planos y arquitectos. Antony a su lado. Sonrisas. Confianza. Cercanía.

Sus labios se curvaron en una sonrisa oscura.

—Disfruta tu libertad mientras puedas, Camille —susurró—. Porque cuando llegue, recordarás a quién perteneces.

El avión se elevó hacia el cielo nocturno.

Mallorca lo esperaba.

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