Mallorca amanecía con una luz limpia, casi insolente.
El mar se extendía sereno, como si ignorara por completo las batallas humanas que se gestaban a su alrededor. Desde el balcón de la suite, Camille observaba el horizonte con una taza de café entre las manos. El viento suave movía ligeramente las cortinas, y por primera vez en mucho tiempo, su respiración era profunda, estable.
No estaba huyendo.
Estaba avanzando.
Había pasado la noche revisando planos, ajustando ideas, puliendo conce