TRECE

Camille observaba la pantalla de su teléfono como si aquel pequeño rectángulo contuviera una guerra entera. El mensaje seguía allí. Breve. Directo. De Antony.

Ella apretó el dispositivo con más fuerza de la necesaria, sintiendo cómo la presión se concentraba en su palma. No era miedo lo que recorría su cuerpo. Era algo más filoso. Más decidido.

La imagen de Hunter irrumpiendo en la oficina de Antony no la sorprendía. La conocía demasiado bien. Conocía su manera de reaccionar cuando algo se le escapaba de las manos. Camille cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, escribió.

“Hunter. Te advierto que no tendrás control sobre mí.”

Envió el mensaje sin releerlo. Sin arrepentirse.

Había dicho esas palabras en su mente durante años. Ahora estaban escritas. Reales. Irreversibles.

El teléfono vibró apenas un segundo después, pero ella no lo miró. No necesitaba leer la respuesta para saber que el mensaje había alcanzado su destino como una bala directa al orgullo de Hunter De los Santos.

Hunter estaba de pie frente a los ventanales de su suite, con el mar de Mallorca extendiéndose como un lujo que no lograba calmarlo. El teléfono aún estaba en su mano cuando la sonrisa desapareció de su rostro.

Sus ojos se oscurecieron.

—¿Control…? —murmuró, incrédulo.

El cristal reflejó una figura rígida, poderosa, peligrosa. Hunter apretó la mandíbula y giró sobre sus talones.

—Llamen a todos —ordenó con voz helada—. Quiero una reunión ahora.

Sus asistentes se movieron de inmediato. Nadie cuestionó. Nadie preguntó. Cuando Hunter hablaba con ese tono, el miedo se volvía un reflejo automático.

Minutos después, la sala de reuniones estaba llena. Ejecutivos, asesores legales, estrategas. Hunter permanecía de pie, las manos apoyadas sobre la mesa, el cuerpo inclinado hacia adelante como un depredador acechando.

—Black Group —pronunció—. El proyecto que están desarrollando aquí en Mallorca.

Una pantalla se encendió mostrando gráficos, cifras, planes.

—Quiero que lo destruyan.

Un silencio denso cayó sobre la sala.

—Señor… —intentó decir uno de los asistentes—. El proyecto es sólido. Atacarlo directamente podría...

Hunter levantó la mano. No necesitó gritar.

—No me importa —interrumpió—. Quiero retrasos. Demandas. Bloqueos administrativos. Quiero que cada paso que den sea un infierno.

Sus ojos ardían.

—Y quiero resultados rápidos.

El asistente tragó saliva.

—Entendido.

Nadie ignoraba que aquel proyecto estaba siendo liderado por Camille. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo sabían. Y eso hacía que la orden se sintiera aún más peligrosa. Hunter enderezó la postura.

—Que quede claro algo —añadió—. Nadie se mueve sin mi autorización. Y nadie —remarcó— juega conmigo.

La reunión terminó sin una sola objeción.

Cuando Hunter salió, el aire pareció regresar lentamente a la sala. Algunos se miraron entre sí, conscientes de que acababan de presenciar algo más que una decisión empresarial. Habían visto a un hombre atacar no por estrategia, sino por posesión.

Camille llegó al restaurante unos minutos antes que Antony. Se sentó junto a la ventana, observando el movimiento tranquilo de la isla, intentando convencerse de que aquella paz era real.

Antony apareció poco después, impecable como siempre, pero con una mirada que la examinó con atención apenas la vio.

—¿Estás bien? —preguntó al sentarse.

Camille asintió.

—Sí. O al menos… mejor que ayer.

Pidieron el almuerzo. El ambiente era cálido, relajado. Un contraste brutal con el torbellino que Camille llevaba dentro.

—Quería disculparme —dijo ella de pronto—. Por lo que hizo Hunter.

Antony arqueó una ceja.

—No tienes por qué hacerlo.

—Aun así —insistió—. No quiero que pienses que yo…

—Camille —la interrumpió con suavidad—. Hunter es como un niño caprichoso. Cuando se da cuenta de que no puede controlar todo, reacciona atacando. No es tu culpa.

Ella bajó la mirada un instante.

—A veces temo que sus acciones afecten tu empresa.

Antony sonrió, tranquilo.

—Mi empresa puede con eso. Lo que me importa es que tú estés bien.

Camille levantó la vista, sorprendida por la sinceridad en su tono. No había insinuaciones. No había presión. Solo preocupación real.

—Estoy creciendo —dijo ella, casi para sí misma—. Y eso… eso es lo que más le molesta.

Antony la observó con atención.

—Lo sé. Y créeme, Camille… eso es admirable.

Ella sonrió. Una sonrisa pequeña. Auténtica. No notaron la puerta abrirse. Hunter De los Santos entró al restaurante como si el lugar le perteneciera. Su porte era impecable. Traje oscuro, movimientos controlados, presencia aplastante. Varias miradas se giraron hacia él sin entender por qué el ambiente parecía haberse tensado de repente. Hunter avanzó con paso firme.

Entonces la vio.

Camille estaba sentada junto a la ventana. La luz del mediodía iluminaba su rostro. Sonreía.

No era una sonrisa educada. No era una sonrisa fingida. Sonreía de verdad. La visión lo golpeó con una fuerza inesperada. Sus dedos se cerraron lentamente. Ella no sonreía así con él.No últimamente. Y frente a ella estaba Antony.

Hunter se detuvo a unos metros, observándolos sin ser visto. El mundo se redujo a esa escena: Camille relajada, hablando, riendo suavemente. Algo oscuro se agitó en su pecho. No era solo celos.

Era una necesidad brutal de aplastar todo lo que tuviera que ver con Antony Alarcón. De borrar esa imagen. De recordarle al mundo —y a ella— quién mandaba. La sonrisa de Camille fue la chispa.

Y Hunter De los Santos, en silencio, decidió que aquel almuerzo sería el inicio de algo mucho más destructivo.

El sonido del teléfono irrumpió en el restaurante como una nota discordante en medio de una melodía tranquila.

Antony frunció ligeramente el ceño al ver el identificador de la llamada. No solía atender asuntos laborales durante una comida, pero algo —un presentimiento agudo— lo obligó a hacerlo.

—Disculpa —le dijo a Camille, llevándose el móvil al oído.

Ella asintió, aunque su cuerpo se tensó de inmediato.

—¿Qué sucede? —preguntó Antony con voz firme.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, palabras rápidas. Demasiado rápidas.

Camille observó cómo el gesto relajado de Antony desaparecía. Sus hombros se endurecieron. Sus labios se comprimieron en una línea tensa.

—¿Cómo que dados de baja? —repitió él, incrédulo—. Eso es imposible. Todos los permisos estaban aprobados.

Camille dejó de escuchar el murmullo del restaurante. El mundo pareció reducirse a la expresión de Antony.

—No —continuó él, ahora de pie—. No me digas “orden superior” sin darme un nombre. Quiero saber quién autorizó esto.

El silencio volvió a colarse por el auricular. Antony pasó una mano por su cabello, respirando hondo, intentando mantener el control.

—No. No acepto esto. Exijo una explicación formal. Hoy mismo.

Colgó.

El ruido del restaurante regresó de golpe, pero algo había cambiado. El aire se volvió pesado. Denso.

Antony tardó unos segundos en volver a sentarse. Cuando lo hizo, su mirada estaba oscura, concentrada, cargada de una rabia contenida que Camille reconoció de inmediato.

—¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja.

Antony no respondió de inmediato. La observó, como si midiera el peso de las palabras que estaba a punto de pronunciar.

—Acaban de dar de baja todos mis proyectos —dijo al fin—. Mallorca, Barcelona… todos.

Camille sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.

—Pero… —susurró— eso no tiene sentido. Todo estaba en orden.

—Lo estaba —afirmó él—. Hasta hace diez minutos.

La tensión se volvió casi insoportable.

—¿Quién…? —empezó ella, aunque ya conocía la respuesta.

Antony sostuvo su mirada.

—Tu esposo.

Las palabras cayeron como un golpe seco.

Camille sintió cómo el peso de esas sílabas le aplastaba el estómago. No fue sorpresa. Fue algo peor: confirmación.

—Hunter ha ordenado que detengan todos mis proyectos —añadió Antony con frialdad—. Usó su influencia. Sus contactos. Su poder.

El restaurante siguió funcionando a su alrededor, ajeno a la devastación que se estaba gestando en esa mesa.

Camille bajó la mirada. Sus manos temblaron apenas.

—Lo siento… —dijo, con la voz quebrada pese a su esfuerzo—. Yo no…

—No te disculpes —la interrumpió él—. Esto no es culpa tuya.

Pero ella no podía evitarlo. Porque lo sabía. Porque lo había advertido. Porque Hunter había cumplido exactamente lo que prometió.

Mientras tanto, a unas calles de distancia, Hunter De los Santos estaba sentado en el asiento trasero de su vehículo. El interior era silencioso, elegante, hermético. Como él.

Su teléfono vibró.

Hunter lo tomó con calma, deslizando el pulgar por la pantalla. Leyó el mensaje una sola vez.

“Proyecto Black Group descartado. Todos.”

Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en su rostro.

—Perfecto —murmuró.

Levantó la vista hacia el chófer.

—Arranca.

El vehículo se puso en marcha de inmediato. Hunter apoyó la espalda en el asiento, cruzó los brazos y cerró los ojos unos segundos. No había duda. No había culpa. Solo una certeza brutal.

Nadie desafía a Hunter De los Santos.Y menos aún… por Camille. Su esposa.

En el restaurante, Camille sentía que la respiración le costaba.

—Esto es por mí —dijo al fin—. Todo esto… es porque me negué a obedecerle.

Antony la observó con una mezcla de enojo y algo más profundo.

—Esto es porque tu esposo no soporta perder el control —respondió—. Ni sobre ti, ni sobre nada.

Ella apretó los labios.

—He arruinado tu trabajo.

—No —negó él con firmeza—. Él lo ha atacado. Y créeme, Camille… esto no termina aquí.

Ella levantó la vista, alarmada.

—¿Qué vas a hacer?

Antony se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Defenderme. Y defenderte.

Camille sintió un nudo en la garganta.

—No quiero que te destruya —susurró.

Antony sostuvo su mirada, decidido.

—Ya lo ha intentado. Y no lo logró.

Pero Camille sabía la verdad. Hunter no había terminado.

Esto solo era el comienzo.

Y mientras el vehículo de Hunter avanzaba por las calles de Mallorca, con una sonrisa fría instalada en su rostro, Camille comprendió algo con absoluta claridad:

Estar cerca de ella tenía un precio.

Y Hunter estaba dispuesto a hacerlo pagar a cualquiera.

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