Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl edificio de Black Group se alzaba como una fortaleza de vidrio y acero. Camille se detuvo frente a la entrada, ajustando el bolso sobre su hombro. El reflejo en las puertas automáticas le devolvió una imagen distinta a la mujer que había entrado al bufete esa mañana. Sus ojos estaban firmes, su postura erguida, su mente decidida.
No había vuelta atrás. Al ingresar, fue recibida por la asistente personal de Antony Alarcón, quien la condujo directamente al piso ejecutivo. Los pasillos eran silenciosos, pero vibraban con una energía que Camille reconocía: ambición, precisión, poder. La oficina de Antony era amplia, sobria, con una vista panorámica de la ciudad. Él estaba de pie, revisando unos planos digitales cuando levantó la mirada al verla entrar. —Camille —saludó, con una sonrisa discreta—. Gracias por venir tan pronto. —No hay problema —respondió ella, tomando asiento frente a su escritorio. Antony cerró el archivo y se sentó frente a ella, entrelazando los dedos. —Antes de hablar de proyectos… —su mirada se suavizó—, quiero preguntarte algo. ¿Estás bien? ¿Hunter no hizo las cosas muy difíciles? Camille parpadeó. —Estoy bien. —Sé que Hunter no es un hombre fácil. —Antony dudó un instante—. Y sé que trabajar aquí puede… intensificar las cosas. No quiero que esto te traiga problemas innecesarios. Camille sostuvo su mirada. —No se preocupe, señor Alarcón. —Su voz fue tranquila, sin rastro de duda—. Ahora mismo estoy enfocada en mi trabajo. Nada más. Antony la observó con atención, como si midiera cada palabra. —Me alegra oírlo. —Tomó una carpeta—. Tengo algo que ofrecerte. La deslizó hacia ella. —Un proyecto en Mallorca. Es pequeño, pero estratégico. Catorce días. Necesitamos un diseño arquitectónico para una expansión hotelera. Quiero que tú lo lideres. Los ojos de Camille se iluminaron, aunque mantuvo el control de su expresión. —¿Mallorca? —Sí. Saldrías en dos días. Gastos cubiertos, equipo reducido. Es una oportunidad para que te posiciones dentro del grupo. Camille no dudó. —Acepto. Antony levantó una ceja, sorprendido por la rapidez de su respuesta. —¿No necesitas pensarlo? —No. —Ella negó—. Es exactamente lo que quiero. En su mente, la idea de estar lejos de la villa, lejos de Hunter, lejos de aquella vida sofocante, era casi un regalo del destino. Estaba convencida de que él firmaría el divorcio. Después de todo, tenía a su otra familia, a su mujer, a sus hijos. No la necesitaría más. —Entonces es tuyo —dijo Antony, extendiendo la mano. Camille la estrechó. El resto del día pasó entre reuniones, planos, llamadas con el equipo internacional. Camille se sumergió en el trabajo como si el mundo exterior no existiera. Diseñó, corrigió, proyectó. Sus pensamientos dejaron de girar en torno a Hunter. Por primera vez en años, su mente pertenecía solo a ella. Cuando el reloj marcó las ocho de la noche, guardó sus cosas y abandonó Black Group. El cielo estaba oscuro cuando llegó a la villa. Las luces exteriores estaban encendidas, iluminando la fachada blanca y perfecta. El lugar siempre había sido una prisión disfrazada de lujo. Entró. El silencio era denso. Caminó hacia el salón principal, pero se detuvo al ver una figura de pie, recortada contra la luz del ventanal. Hunter. Estaba impecable, como siempre. Traje oscuro, camisa abierta en el cuello, sin corbata. Su postura era relajada, pero había algo en su aura que la hizo sentir un escalofrío. Sobre la mesa de centro había una carpeta. La reconoció de inmediato. Su demanda de divorcio. —Llegas tarde —dijo Hunter sin mirarla, hojeando las páginas. Camille dejó el bolso en el sofá. —Estaba trabajando. —Lo sé. —Alzó la vista lentamente—. En Black Group. Camille no respondió. Hunter cerró la carpeta con calma exagerada. —Pensé que ibas a renunciar. —No me importa lo que llegues a pensar o no —replicó ella—. Es mi vida. Hunter se acercó, con pasos lentos y medidos. Su mirada era intensa, oscura, peligrosa. —Leí cada línea —dijo—. Es interesante que no quieras nada. Ni dinero. Ni propiedades. Ni compensación. Camille cruzó los brazos. —No quiero nada que venga de ti. Hunter sonrió, pero no había humor en su gesto. —Eso no cambia nada. Tomó la carpeta, la abrió de nuevo y arrancó las hojas con un movimiento brusco. El sonido del papel rasgándose llenó la habitación. Una página. Otra. Otra más. Camille sintió un golpe en el pecho. —¡¿Qué haces?! —gritó. Hunter dejó caer los pedazos de papel al suelo. —No habrá divorcio. El silencio cayó como una losa. Camille avanzó un paso. —No puedes decidir eso por mí. —Puedo y lo hago. Ella apretó los puños. —No voy a ser la esposa con los cuernos más grandes que el toro, Hunter —escupió, con la voz temblando de rabia—. No voy a vivir humillada mientras tú juegas a tener dos familias. Hunter inclinó la cabeza, observándola con una calma que la enfurecía. —No entiendes nada. Camille soltó una risa amarga. —El que no entiende nada eres tú. Yo voy a divorciarme de ti. Quieras o no. Hunter dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. —Nadie puede ir en contra de mis órdenes, Camille. Su voz era baja, pero cargada de amenaza. Ella no retrocedió. —Entonces tendrás que aprender que ya no soy alguien que obedece. Hunter frunció el ceño, como si esa posibilidad no hubiera existido nunca en su mente. —Te estás engañando. —Su mano se alzó, pero no la tocó—. Crees que porque firmaste un papelito tienes control. No lo tienes. Camille respiró hondo. —Quizás no tenga tu poder, ni tu dinero, ni tus influencias —dijo, mirándolo fijamente—. Pero tengo algo que tú no puedes comprar. Hunter arqueó una ceja. —¿Y qué sería eso? Camille se acercó un paso más, quedando a centímetros de él. Su mirada no era de miedo. Era de acero. —La verdad. Y la decisión de irme. Hunter se tensó. —No vas a irte. —Sí voy a hacerlo. Y esta vez no voy a pedir permiso. —Su voz se volvió firme, implacable—. Si no firmas el divorcio, haré que el mundo sepa quién eres realmente. No solo el magnate perfecto. También el hombre que engañó a su esposa durante años, que tuvo una doble vida, que mintió a todos. El aire se volvió pesado. Hunter la observó con incredulidad, como si jamás hubiera considerado que ella pudiera usar esa información. —No te atreverías. —Pruébame. Por primera vez, Hunter retrocedió un paso. Camille continuó, sin recordar que alguna vez le había temido. —No soy tu propiedad, Hunter. No soy tu esposa decorativa. No soy una pieza de tu imperio. Soy una mujer. Y si crees que puedes encerrarme en esta villa como un trofeo, estás muy equivocado. Hunter la miró en silencio, evaluándola. —No entiendes con quién estás jugando. —Sí lo entiendo —respondió ella—. Y aun así, voy a jugar. Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, como una amenaza silenciosa. Hunter no respondió. Su expresión era una mezcla de furia, sorpresa y algo más… algo que no estaba acostumbrado a sentir. Pérdida de control. Camille recogió su bolso y caminó hacia las escaleras. —Buenas noches, Hunter —dijo sin mirarlo—. Mañana tengo que trabajar. Y no pienso volver a perder mi tiempo por personas que no valen la pena. Subió sin mirar atrás. Y Hunter se quedó de pie, observando los pedazos del divorcio en el suelo.






