-Doce

El silencio posterior a las palabras de Antony fue apenas un parpadeo.

Hunter no respondió con lógica.

No respondió con amenazas calculadas.

Respondió con el cuerpo.

En un movimiento brusco, salvaje, se lanzó hacia Antony y lo sujetó del cuello de la camisa, empujándolo contra el borde del escritorio. El golpe seco resonó en la oficina como un disparo contenido. Los cristales vibraron.

—No pienses ni por un segundo en tocar un solo pelo de mi esposa —rugió Hunter, con los ojos encendidos—. ¿Me oyes, Alarcón?

Antony no se defendió de inmediato. Sus manos se apoyaron en el escritorio para sostenerse, su respiración firme a pesar de la presión. No había miedo en su mirada. Había furia contenida.

—Suéltame —dijo, con voz grave—. No eres su dueño.

Hunter apretó más fuerte.

—Es mi esposa —escupió—. Mía. Y voy a hacer con ella lo que quiera.

Las palabras cayeron pesadas, tóxicas, como una confesión involuntaria.

—No voy a permitir que cruces ninguna línea —continuó Hunter—. Ni contigo. Ni con nadie más.

Antony levantó el mentón, sosteniéndole la mirada a centímetros.

—Eso no es amor —replicó—. Eso es control. ¿Por qué eres tan dominante? No siquiera la quieres.

Hunter soltó una risa corta, peligrosa.

—No necesito tu opinión sobre lo que hago con lo que me pertenece.

El ambiente se tensó al límite.

Antony reaccionó.

Con un movimiento rápido y preciso, empujó a Hunter con fuerza, liberándose del agarre. Hunter retrocedió un paso, sorprendido más por el desafío que por el impacto. Antony enderezó la camisa con calma, pero sus ojos ardían.

—Te aseguro algo, De los Santos —dijo, avanzando ahora él—. Antes de que cante un gallo, Camille ya no será tu esposa.

Hunter se tensó.

—No digas su nombre.

—La dices como si fuera un objeto —continuó Antony—. Como si fuera un trofeo que te reafirma como hombre. Pero no la quieres. Nunca la quisiste.

Hunter dio un paso hacia él, amenazante.

—Cierra la boca.

—La controlas porque no soportas perder —insistió Antony—. Porque tu ego no admite que una mujer decida irse. No te duele ella. Te duele que no te obedezca.

Las palabras encontraron su blanco.

Hunter sintió el golpe en el pecho antes de entender por qué. No era verdad. No podía serlo. Él no sentía celos. No necesitaba a Camille. Ella era solo… parte de su mundo.

¿O no?

—No sabes nada —gruñó—. No tienes idea de quién es ella para mí.

Antony lo miró con una mezcla de desprecio y certeza.

—Lo sé todo. Y lo peor es que tú no lo sabes.

Hunter apretó los puños.

—No te metas donde no te llaman.

—Me meto porque ella ya no puede seguir sola —respondió Antony—. Porque alguien tiene que decirte que no eres un dios. Que no puedes decidir sobre su vida. La vas a perder Hunter o mejor dicho ya la perdiste.

Hunter avanzó de nuevo, pero esta vez se detuvo a medio camino. Su respiración era pesada. Algo dentro de él se agitaba con violencia.

Camille.

La imagen de ella caminando por la ciudad, trabajando, tomando decisiones sin pedirle permiso, apareció con una claridad brutal. La había visto crecer sin notarlo. Había dado por hecho su silencio. Su permanencia.

Y ahora estaba lejos.

Y otro hombre la defendía.

La idea lo atravesó como una puñalada.

—No te equivoques, Alarcón —dijo con voz baja—. Camille volverá conmigo. Quieras o no.

Antony negó lentamente.

—Eso solo pasará si ella lo decide. Y créeme… no va a hacerlo.

Hunter lo miró fijamente, intentando descifrar si mentía. No encontró arrogancia. Encontró convicción.

—Estás jugando un juego peligroso —advirtió—. Puedo destruirte. A ti. A tu empresa. A cualquiera que se interponga.

—Hazlo —respondió Antony sin dudar—. Pero no uses a Camille como excusa. Porque si le haces daño… no habrá empresa ni imperio que te salve.

El silencio volvió a caer, más denso que antes.

Hunter dio un paso atrás. Se alisó el saco, recomponiendo su postura, recuperando la máscara de control. Pero algo se había quebrado.

—Esto no ha terminado —dijo—. Recuérdalo.

—Nunca lo estuvo —respondió Antony.

Hunter caminó hacia la puerta, la abrió con fuerza y se detuvo un segundo antes de salir.

—Aléjate de ella —ordenó, sin mirarlo—. Es la última advertencia.

Antony no respondió.

La puerta se cerró de golpe.

Hunter avanzó por el pasillo con pasos largos, duros. Los empleados de Black Group desviaban la mirada, sintiendo la tormenta que acababa de pasar. Entró al ascensor y presionó el botón con violencia.

Su reflejo en el espejo le devolvió un rostro desconocido: tenso, furioso, con los ojos encendidos.

Celos.

La palabra apareció en su mente como una ofensa.

No.

Él no estaba celoso.

Él protegía lo que era suyo.

¿Verdad?

El ascensor descendió lentamente. Demasiado lento. Hunter cerró los ojos un instante y apoyó una mano en la pared metálica. Su respiración seguía agitada.

¿Por qué le importaba tanto que Antony la mirara?

¿Por qué la idea de Camille eligiendo a otro lo enloquecía?

No era amor.

No podía serlo.

Era instinto.

Posesión.

Control.

El ascensor se detuvo. Hunter salió y subió al vehículo que lo esperaba. Dio la dirección del hotel sin hablar. Durante el trayecto, su mente no se calmó.

Camille estaba en esa isla.

Libre.

Lejos de su alcance inmediato.

Y eso era inaceptable.

Antony permaneció de pie en su oficina durante varios minutos después de que Hunter se fuera. Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero su mirada estaba clara.

—Maldito controlador —murmuró.

Se sentó en su escritorio y pasó una mano por el rostro. Sabía que había cruzado una línea. Pero también sabía que no podía retroceder.

Camille no era una batalla que pudiera abandonar.

No por orgullo.

Por justicia.

Tomó su teléfono y escribió un mensaje.

“Camille, ¿estás bien? No quiero alarmarte, pero Hunter está en Mallorca. Ha venido a verme."

Envió el mensaje y dejó el móvil boca abajo.

Sabía que lo que venía no sería fácil. Antony debía de ser preciso.

Pero también sabía algo más importante:

Hunter De los Santos no era invencible.

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