Pero desde las sombras, como era costumbre, se encontraba Liam. Observando el cuadro de Elena recostada sobre el hombro de Nathaniel, esta vez no estaba solo. —¿Atacamos? —preguntó uno de los hombres de la mafia, con la impaciencia dibujada en la voz.
Liam negó con un gesto severo. Sus ojos permanecieron fijos en Elena, y la dureza de su semblante se quebró apenas por un segundo. —No. Aquí no —sentenció—. No con ella presente.
Los otros hombres intercambiaron miradas confundidas, casi contraria