Elena sentía el peso del cuerpo de Nathaniel sobre el suyo, el calor de su piel fundiéndose con el de ella. Cada caricia era fuego, cada beso, una súplica sin palabras que la arrastraba más allá del miedo. La habitación entera parecía girar alrededor de ese instante, como si el mundo se hubiera detenido solo para ellos.
Pero lejos de allí, en la Mansión Blackwood, el mundo ardía en otro fuego.
El jefe de la mafia, en su forma monstruosa, recorría los pasillos con paso firme, sus ojos en llamas