Han pasado tres días. Solo tres.
Y sin embargo, se sienten como siglos.
Desde aquella noche no he vuelto a ser la misma. Mi reflejo ya no me reconoce. Mis pensamientos no me pertenecen. Mi alma, si es que queda algo de ella, está hecha jirones. Y el dolor…
El dolor no se ha ido. Solo ha cambiado de forma. Ya no lloro. Ya no grito. No me quedan lágrimas. Lo único que queda es este vacío oscuro, agudo, profundo, que se ha instalado en mi pecho como un tumor, consumiéndolo todo.
Estoy frente al es