A veces, el silencio es peor que los gritos.
Más afilado que un disparo.
Más letal que un puñal en la espalda.
Y esa noche, el silencio me despertó.
No fue un ruido lo que me sacó del sueño. Fue la ausencia total de ellos.
La cabaña era un refugio perfecto: cálida, protegida, escondida. Rodeada de árboles que crujían con el viento y guardias que vigilaban cada rincón. O eso creí.
Abrí los ojos de golpe. Una sensación extraña me subía por la espalda, helada, como si algo me rozara desde adentro.