Viviana salió del salón con pasos fuertes, claramente furiosa. Seguro quería decir algo más, pero la firme orden de Damon la obligó a marcharse sin rechistar.
El silencio que quedó después fue denso. Damon se acercó a mí con movimientos cautelosos. Yo seguía en mi asiento, apretando mi mano adolorida contra mi pecho. La quemadura ardía cada vez más, la piel enrojecida y sensible. Las lágrimas rodaban por mi rostro sin que pudiera detenerlas, pero me negaba a romper en llanto. No le daría esa sa