Cuando nos separamos de aquel beso, no me atrevo a mirarlo. No es por lo que hice, sino por darme cuenta de que me dejé atrapar en mi propio juego. Terminé siendo la que perdió.
—¿Qué pasa, ya no eres tan valiente, mariposa? —me pregunta, levantando mi mentón con la punta de su dedo.
Intento hablar, pero el silencio me bloquea. Él desliza su dedo por el contorno de mis labios, limpiando el rastro del beso con una calma inquietante.
—No pensaste que fuera a corresponder, ¿cierto? —dice con una s