—No te podría decir. No estaba preocupada en vivir la experiencia, solo en sobrevivir.
Asintió lentamente y un brillo oscuro, calculador, cruzó su mirada.
—¿Podrías estar dispuesta nuevamente?
—¡Adrik! —chillé, totalmente incrédula al escucharlo. Esto no era una conversación; era una tortura.
—Ya. Ya, era una broma, pequeña.
Lo miré fijamente. No, no era una broma. Él no bromeaba.
—Puedes hacerlo, ¿sabes? Te atas y te tiras —Su mirada brilló de repente, como si se le hubiera ocurrido una idea brillante. Fruncí mi ceño ante su entusiasmo macabro—. ¿Qué pasa?
—Eres la segunda persona que me lo dice. Definitivamente, haría bien estar bajo el agua.
Una carcajada seca escapó de sus labios.
—Ya. ¿Qué quieres? —fui al grano. Necesitaba que se fuera.
Ladeó un poco su rostro, asintiendo lentamente, estudiándome.
—Me caes bien, Vittoria. Tal vez sea tu inocencia, que aún no está corrompida. Tal vez pidas a gritos ser salvada. Me generas curiosidad.
—¿Cómo un ratón de laboratorio? —me quejé, sin