Sus ojos estaban fijos en los míos. Pude ver el conflicto en ellos, el odio, lo que creía que era cariño, todo en esa mirada.
—Solo un poco —dijo. Su promesa era una burla.
Y entonces, sin más aviso, se incrustó en mí de una sola estocada profunda, llena, que me hizo arquearme. Fue un placer punzante, salvaje, que quemaba. Él se apoyó contra la pared del vestidor, asegurando nuestros cuerpos en un abrazo forzado, brutalmente íntimo.
Comenzó a moverse: embestidas lentas al principio, luego rápid