Sus ojos estaban fijos en los míos. Pude ver el conflicto en ellos, el odio, lo que creía que era cariño, todo en esa mirada.
—Solo un poco —dijo. Su promesa era una burla.
Y entonces, sin más aviso, se incrustó en mí de una sola estocada profunda, llena, que me hizo arquearme. Fue un placer punzante, salvaje, que quemaba. Él se apoyó contra la pared del vestidor, asegurando nuestros cuerpos en un abrazo forzado, brutalmente íntimo.
Comenzó a moverse: embestidas lentas al principio, luego rápidas, cada golpe rítmico una negación de la vida que lo esperaba afuera, una afirmación de la única verdad que conocía: que yo era suya.
—Sujétate, malyshka (pequeña) —ordenó, y aumentó el ritmo, sus hombros tensos como cables—. Siente cómo me llenas.
Me aferré a él con una necesidad animal, clavando mis uñas en la tela de su traje. El dolor de las uñas se perdía en la avalancha de la sensación.
—Más, Alek —rogué, mi voz ahogada.
Él se detuvo en seco, clavado en mi interior. Me miró, una sonrisa c