—Hazme tuya. —Me detuve de inmediato y la observé—. Hazlo.
—¿Aún sigues adolorida? —susurre, tragando fuerte.
—El dolor es mínimo. Hazlo.
Negué lentamente, alejándome solo un paso mientras tomaba el jabón líquido y lo vertía en la esponja. La espuma blanca se formó entre mis manos.
—Aunque desee nuevamente estar dentro de ti. —Mi voz salió baja, cargada de deseo contenido—, no lo haremos todavía. —La miré fijamente, sosteniendo su mirada para que entendiera que hablaba en serio—. No voy a lastimarte. Tienes que descansar.
Frunció los labios, y por un segundo vi esa testarudez dulce que me volvía loco. Abrió la boca para protestar, pero bastó con que achicara los ojos, en una advertencia silenciosa, para que ella tragara sus palabras.
Pensé que se sonrojaría, que tal vez el pudor le ganaría ahora que la tensión entre nosotros se espesaba otra vez. Pero no. Me había equivocado. Vittoria sabía exactamente lo que quería, y esa seguridad inocente y temeraria me gustaba.
Me acerqué de nuevo