El tiempo se detuvo.
Quinientas cabezas giraron hacia mí. Quinientas pares de ojos me clavaron en mi asiento. El murmullo corrió por el salón como un incendio.
Las cámaras me enfocaron. Los flashes empezaron.
—Abril Rojas, analista financiera en nuestro equipo —la voz de Diego resonaba por los altavoces—, tuvo acceso privilegiado a información confidencial del proyecto. Información que, según nuestra investigación, fue compartida con terceros.
No podía moverme. Mi cuerpo se había convertido en