—¿Tu hermana? —preguntó, frunciendo el ceño. Era evidente que no se había creído ese cuento. Para ser honestos, no se parecían en nada, así que tenía toda la razón en dudar—. ¿No se supone que está en prisión? ¿O de qué hermana estamos hablando exactamente?
—De una que no necesita lazo consanguíneo para serlo. De una que se ha ganado su lugar aquí —señaló su pecho—, en mi corazón.
Las palabras de Rubí la habían conmovido enormemente, pero no tuvo tiempo de agradecerle. Hablar significaría tartamudear o hacer más el ridículo delante de este hombre, puesto que sabía que sus nervios la traicionarían en el primer intento.
—Vaya, en ese caso, supongo que es todo un gusto conocerte, Laura —le extendió la mano.
—Un placer —balbuceó, antes de alzar su pañuelo nuevamente e intentar llevarlo hasta su chaqueta, justo allí, donde la mancha de café contrastaba con la costosa tela—. Disculpa por esto. No quise que…
—Fue un accidente —alzó la mano deteniéndola. De alguna forma parecía más amable, au