Cuando llegaron al hospital, su abuela estaba acostada en una cama, conectada a una máquina de oxígeno. Se veía más pequeña de lo que era. Lamentablemente, ya no estaba ante sus ojos aquella mujer tan llena de vida que había admirado en el pasado.
Se acercó con cuidado y con lágrimas en los ojos, tomó entre sus manos, una de aquellas manos arrugadas que descansaban inmóviles sobre la sábana blanca.
—El cáncer de pulmón está muy avanzado —habló el doctor detrás de ellos, haciendo que centrarán