Cuando llegaron al hospital, su abuela estaba acostada en una cama, conectada a una máquina de oxígeno. Se veía más pequeña de lo que era. Lamentablemente, ya no estaba ante sus ojos aquella mujer tan llena de vida que había admirado en el pasado.
Se acercó con cuidado y con lágrimas en los ojos, tomó entre sus manos, una de aquellas manos arrugadas que descansaban inmóviles sobre la sábana blanca.
—El cáncer de pulmón está muy avanzado —habló el doctor detrás de ellos, haciendo que centrarán toda su atención en el recién llegado—. Metástasis en hígado y huesos. Por los estudios que le hicimos de emergencia, lleva meses, quizás años, creciendo. Doña Jacinta se negó siempre a estudios de rutina, y ahora… ya no hay nada curativo que podamos hacer por ella.
—¿Cuánto… cuánto tiempo le queda? —escuchó que preguntaba Rubí con la voz entrecortada debido al llanto.
—Con su edad y el estado general… semanas, tal vez dos o tres meses si responde bien al manejo del dolor —suspiró con pesar—.