El nombre que acababan de pronunciar —su nombre— se sentía casi igual que una amenaza.
Esos sujetos estaban allí por ella.
No había duda.
La estaban buscando.
Y mientras la recepcionista tecleaba en su computador para dar respuesta a aquellos individuos, ella se puso de pie, intentando no parecer apresurada ni dejar ver cuánto le temblaban las piernas.
Se ajustó la capucha sobre la cabeza y caminó en dirección opuesta a la de ellos, pero uno de los hombres levantó la vista en el momento exacto.
Sus miradas se encontraron y, aunque giró la cabeza de inmediato y aceleró el paso, los latidos de su corazón eran tan fuertes que sentía que la iban a delatar.
Entonces escuchó pasos detrás de ella. No necesitó voltearse para saber que sus peores temores se estaban cumpliendo. Porque sí, siempre tenía tan mala suerte, que no había nada de qué sorprenderse.
—¡Hey! ¡Alto ahí! —una voz desconocida intentó detenerla, y eso fue suficiente para hacerla salir corriendo.
—¡José! —gritó al lle