El sitio al que acababa de llegar, era un lugar que solo conocía en fotos. Un sitio del cual su Nana solía hablarle de niña. Olvidado, pero lleno de belleza.
México.
La media hora siguiente la pasó caminando sola por las calles de tierra que conducían a lo alto de una montaña.
Las miradas curiosas a su alrededor no cesaban y entendía que la gente pudiera sentir recelo, después de todo no encajaba. Además, no dejaba de sentir nerviosismo ni de percibir su propia respiración acelerada ante la idea de haber matado a un hombre. Hombre que era su esposo, por cierto.
«¿Habría muerto Eros? ¿O cómo sería su estado?», las preguntas surgieron en su mente sin que pudiera detenerlas.
—Disculpe… —preguntó a un sujeto que barría la acera—, ¿conoce a una señora llamada Jacinta Méndez?
El individuo la observó de pies a cabeza, desconfiado, antes de señalar con la cabeza hacia una calle angosta al final del camino.
Respiró aliviada de saber que no había tenido tan mala memoria. Afortunadament