Por un segundo, no fue Rubí la que estaba en el suelo. Fue su padre. Los mismos ojos cerrados, la misma sangre manchando las paredes. El mismo rojo.
Apretó los dientes comprobando que Rubí era un peso muerto en sus brazos. Su mujer siempre cálida, ahora estaba completamente fría. La toalla que la cubría, estaba empapada de aquel líquido carmesí.
Lo peor fue ver el corte en su muñeca, era un corte limpio y profundo, que hizo que un solo pensamiento lo sacudiera.
«Lo hice. Hice que Rubí tomara un