La activación de la primera Ventana de Sincronía no alteró la estabilidad del núcleo, pero sí su ritmo interno. Cada operador percibía la diferencia sutil en la cadencia del sistema, esa sensación de que el flujo continuo de datos ya no era lineal ni predecible de la misma manera. Los algoritmos seguían funcionando con precisión, pero el núcleo había incorporado un nuevo compás, uno donde la intervención humana debía encontrarse con la autonomía algorítmica sin quedar rezagada ni adelantada.
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