El dolor no disminuyó; se transformó. Dejó de ser una presión uniforme para convertirse en pulsos irregulares, erráticos, como si alguien estuviera escribiendo dentro de su cabeza con una aguja al rojo vivo, trazando líneas que no buscaban sanar sino abrir. Zoe se dobló sobre sí misma y apoyó las manos contra el suelo frío de la habitación destruida, buscando un ancla, algo que todavía perteneciera al mundo real. El mármol le devolvió el contacto inmediato, físico, incuestionable, y se aferró a esa sensación con una desesperación silenciosa, como si al soltarla pudiera disolverse.
Estoy aquí, se dijo, obligándose a respirar. Todavía.
El implante vibró una vez más, pero no como una alarma ni como una advertencia clara, sino como un latido ajeno, un pulso que no seguía el ritmo de su cuerpo y que, aun así, insistía en reclamar espacio dentro de ella. Las imágenes regresaron entonces con violencia, sin la suavidad engañosa de antes, irrumpiendo en su mente con bordes afilados y una clari