El dolor no disminuyó; se transformó. Dejó de ser una presión uniforme para convertirse en pulsos irregulares, erráticos, como si alguien estuviera escribiendo dentro de su cabeza con una aguja al rojo vivo, trazando líneas que no buscaban sanar sino abrir. Zoe se dobló sobre sí misma y apoyó las manos contra el suelo frío de la habitación destruida, buscando un ancla, algo que todavía perteneciera al mundo real. El mármol le devolvió el contacto inmediato, físico, incuestionable, y se aferró a