Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa puerta de la iglesia se cerró detrás de mí con un gemido de madera antigua, como si también ella lamentara lo que acababa de ocurrir. El aire nocturno me golpeó de inmediato, frío, afilado, con ese olor húmedo a piedra mojada que solo Roma conoce. Las farolas derramaban luz dorada sobre los escalones, creando sombras largas que parecían seguirme mientras bajaba. Mi pulso aún vibraba, no por miedo, sino por esa mezcla indecible —rabia, humillación, triunfo— que siempre dejaba Ivy en mi interior.
Caminé sin rumbo durante unos minutos, dejando que mis pasos resonaran en la calle vacía. El silencio era grueso, casi táctil. Y aun así, detrás de mí, dentro de la iglesia, podía sentirla todavía. Su voz. Su veneno. Su desesperación maquillada como fuerza.







