Mundo ficciónIniciar sesiónLa puerta de la iglesia se cerró detrás de mí con un gemido de madera antigua, como si también ella lamentara lo que acababa de ocurrir. El aire nocturno me golpeó de inmediato, frío, afilado, con ese olor húmedo a piedra mojada que solo Roma conoce. Las farolas derramaban luz dorada sobre los escalones, creando sombras largas que parecían seguirme mientras bajaba. Mi pulso aún vibraba, no por miedo







