No hubo un después claro.
Eso fue lo primero que entendí cuando la presión dejó de ser inmediata y pasó a formar parte del paisaje. No existió un momento de cierre, ni una señal inequívoca de que lo peor había pasado. El ataque no terminó: se transformó. Se volvió cotidiano, difuso, integrado al ritmo normal de los días. Como una humedad persistente que no destruye la estructura de una casa, pero sí cambia la manera en que respirás dentro de ella.
La fisura había sobrevivido, sí, pero ya no era