La calma llegó sin anunciarse, y por eso mismo fue inquietante.
No hubo comunicados nuevos, ni advertencias veladas, ni intentos visibles de reabsorción. Las voces que antes insistían comenzaron a espaciarse, los gestos de vigilancia se volvieron menos evidentes, casi perezosos. Durante días —tal vez semanas— nadie nos buscó directamente. Nadie nos nombró. Nadie pareció necesitar aclarar nada. Y esa ausencia, lejos de tranquilizarme, activó una alerta más profunda que cualquier confrontación ab