Hospital Cantonal de Ginebra – Diciembre.
Las luces del hospital no tenían alma. Eran frías, clínicas, indiferentes. Como si no importara cuántos cuerpos entraran, cuántos sueños se extinguieran. La vida seguía. Pero no la mía.
Todo olía a químicos, a miedo, a tiempo suspendido. Había estado aquí antes. Cuando era niña. Cuando me dijeron que mi madre había muerto. Un accidente, dijeron. Nada qué hacer, dijeron. Mentiras. Siempre mentiras. Hoy volvía. No como hija. Ni como víctima. Sino como un