No hubo un momento exacto en el que entendí que algo había cambiado para siempre. No llegó como una epifanía ni como una frase capaz de reorganizar el mundo en torno a ella. Fue, más bien, una acumulación lenta y casi invisible de gestos mínimos, tan pequeños que durante años los habría pasado por alto: una puerta que crucé sin evaluar ángulos muertos, una conversación ajena que escuché sin traducirla en amenazas posibles, el cuerpo permitiéndose relajarse un segundo más de lo habitual antes de