Desperté con la sensación extraña de no deberle nada a nadie. La luz de la mañana se filtraba por la ventana de nuestro refugio y acariciaba los muebles dispersos con calma indiferente, como si todo lo que había sucedido no importara en ese instante. El aire olía a café frío y a polvo acumulado en rincones que antes no había notado. No había alarma, no había mensajes urgentes, no había instrucciones implícitas en cada respiración que me obligaran a reaccionar. Solo estaba yo. Solo estaba Dante.