El aire de la ciudad tenía un sabor distinto aquella mañana. No era frío ni cálido, ni siquiera húmedo. Era un aire que olía a vacío y posibilidades al mismo tiempo, a silencio y a distancia, a lo que estaba por venir. Me detuve en la esquina de un edificio abandonado, observando las calles desiertas. Todo era neutral: sin aliados, sin enemigos, sin compromisos. Y por primera vez en años, comprendí que podía escoger mi propio bando.
No era Dante. No era Ethan. No era el clan, ni Ivy, ni Verona. Nadie más que yo. Esa idea se instaló en mí como un cuchillo frío, pero firme: yo decidía. Yo movía las piezas. Yo determinaba lo que vendría.
Un recuerdo se coló, breve y punzante, de Dante. Su voz, rota y desesperada, todavía resonaba en mis oídos.
—Zoe… no puedo vivir sin ti… —había dicho, sus palabras cargadas de furia y amor.
No había amor suficiente para obligarme a regresar. Ni miedo ni deseo podían dictar mi camino. Era mi turno de ser la fuerza que no podía ser medida, que no podía ser