El aire de la ciudad tenía un sabor distinto aquella mañana. No era frío ni cálido, ni siquiera húmedo. Era un aire que olía a vacío y posibilidades al mismo tiempo, a silencio y a distancia, a lo que estaba por venir. Me detuve en la esquina de un edificio abandonado, observando las calles desiertas. Todo era neutral: sin aliados, sin enemigos, sin compromisos. Y por primera vez en años, comprendí que podía escoger mi propio bando.
No era Dante. No era Ethan. No era el clan, ni Ivy, ni Verona.