Roma ya no era un lugar, sino un tablero de guerra. Las calles, los edificios, las sombras… todo estaba impregnado de una tensión que podía palparse, cortante, oscura, violenta. No hubo aviso formal. No hubo desencadenantes visibles. Solo la certeza de que mi decisión de ser mi propio bando había encendido la chispa de un conflicto que nadie podría controlar.
Desde los tejados, observaba la ciudad como quien observa un tablero de ajedrez. Cada luz encendida, cada vehículo en movimiento, cada sombra que se desplazaba era un indicio de lealtad. Algunos seguían a Dante, fieles a la pasión y al miedo que él inspiraba; otros, al borde de la lógica y el control, se alineaban con Ethan; y un tercer grupo, más escurridizo, estaba empezando a escuchar rumores de mi independencia, de mi decisión de actuar por mí misma.
—Roma arde y nadie quiere reconocerlo —murmuré, casi sin sonido, mientras recorría la azotea de un antiguo edificio abandonado—. Y ahora yo tengo que mover las piezas.
El primer