Roma ya no era un lugar, sino un tablero de guerra. Las calles, los edificios, las sombras… todo estaba impregnado de una tensión que podía palparse, cortante, oscura, violenta. No hubo aviso formal. No hubo desencadenantes visibles. Solo la certeza de que mi decisión de ser mi propio bando había encendido la chispa de un conflicto que nadie podría controlar.
Desde los tejados, observaba la ciudad como quien observa un tablero de ajedrez. Cada luz encendida, cada vehículo en movimiento, cada so