Desde la distancia, escuché los ecos de su caída. No físicamente, sino a través de los fragmentos que me llegaban de lo que había dejado atrás: la mansión, los pasillos, las habitaciones que aún guardaban su aroma, su peso, su presencia. Dante estaba roto. Lo sabía sin necesidad de verlo. Su desesperación tenía un pulso propio, un ritmo oscuro que podía sentirse incluso a kilómetros de distancia, como un latido que anunciaba destrucción.
El primer día, Verona me contó lo que había ocurrido. La voz de ella era un hilo tembloroso, atrapado entre la preocupación y el miedo:
—Dante… no para. Ha destruido toda la biblioteca. Los libros… los muebles… No puedo contenerlo.
—¿Está herido? —pregunté, intentando contener el vacío que aún me mantenía intacta.
—No físicamente —respondió Verona, con un suspiro—, pero cada golpe que da es un golpe de desesperación. Cada objeto roto… es como si se castigara a sí mismo por tu ausencia.
El segundo día, los sirvientes se acercaron a Verona, con voces te