Desde la distancia, escuché los ecos de su caída. No físicamente, sino a través de los fragmentos que me llegaban de lo que había dejado atrás: la mansión, los pasillos, las habitaciones que aún guardaban su aroma, su peso, su presencia. Dante estaba roto. Lo sabía sin necesidad de verlo. Su desesperación tenía un pulso propio, un ritmo oscuro que podía sentirse incluso a kilómetros de distancia, como un latido que anunciaba destrucción.
El primer día, Verona me contó lo que había ocurrido. La