El campus ya no se sentía como un único organismo en transformación, sino como dos versiones del mismo sistema superpuestas en el mismo espacio sin llegar a tocarse del todo, y esa coexistencia era precisamente lo que lo volvía inestable, porque no había ruptura visible ni separación formal, solo una divergencia progresiva en la forma en que cada zona procesaba la tensión, como si el aire mismo hubiera empezado a responder a reglas distintas según quién lo estuviera habitando, y mientras camina