El aire nocturno era denso, casi líquido, pegajoso contra mi piel mientras corría por los techos y callejones de Roma. La ciudad dormía, o fingía hacerlo, mientras yo me movía con la certeza de que cada sombra podía ser un observador, cada silbido de viento podía ser una señal de peligro. Ethan estaba cerca. Lo sentía. Siempre lo había sentido. Su rastro digital, su marca en la red, incluso el eco de su presencia física, vibraba a través de mi implante como un recordatorio constante: no hay espacio seguro.
Había intentado desaparecer, diluir mi señal, fragmentarme en mil rutas alternativas. Pero Ethan siempre encontraba la línea directa, la fisura que lo llevaba hasta mí. Y Dante… Dante también me buscaba. Dos perseguidores, dos extremos del mismo hilo de poder y obsesión. Uno deseaba protegerme, otro deseaba controlarme. Yo solo quería sobrevivir.
Salté de un tejado a otro, el metal de mis botas resonando contra la estructura oxidada de los andamios temporales. Las luces de la ciudad