El convento estaba sumido en sombras. Sus paredes, descascaradas y húmedas, olían a moho antiguo, a cera de velas extinguida, a siglos de secretos. La luz de la luna se filtraba por los vitrales rotos, dibujando líneas fantasmales sobre el suelo de piedra. Cada paso que daba reverberaba, como un eco que recordaba que estaba sola, aunque no lo estaba.
Él estaba allí. Ethan. De pie, erguido, impecable incluso entre la ruina. Sus manos permanecían a los costados, aparentemente inofensivas, pero el