DANTE
El fuego aún ardía en la chimenea, aunque ya no con la violencia que había tenido cuando la tomé como si el mundo se fuera a acabar. Las brasas se consumían lento, respirando en rojo, mientras la cabaña quedaba sumida en ese silencio espeso que solo aparece después de la tormenta… y del pecado.
Zoe dormía enredada en las sábanas, desnuda hasta la cintura, con el pelo pegado a la mejilla. Sus labios estaban entreabiertos, como si incluso en sueños estuviera a punto de decirme algo que siempre quedó atrapado detrás de sus dientes.
La contemplé, no con ternura sino con hambre, con una necesidad que me quemaba más que el fuego detrás de mí.
La había poseído como un hombre desesperado, como alguien que se aferra a lo único real que aún no le han arrebatado. La sentí temblar debajo de mí, la escuché gemir mi nombre como si fuera la única palabra que recordaba, la vi romperse y volver a armarse entre mis manos. Y sin embargo…
Cuando la miré a los ojos—cuando necesitaba escuchar lo que