La noche había caído sobre Nápoles con un peso húmedo, casi pegajoso. Desde la ventana del cuarto estrecho donde Verona se refugiaba, podía oír el rugido de las motocicletas cruzando las calles estrechas como cuchillas, y el murmullo inquietante de un puerto que nunca dormía. Había desplegado sobre la mesa un mapa antiguo, los bordes deshilachados, con marcas de tinta que parecían cicatrices sobre la geografía. Fue allí, entre dobleces ocultos, donde descubrió algo que no esperaba: una nota escrita con letra delicada, demasiado familiar.
Las palabras, aunque breves, ardían como brasas en el papel:
"Verona, la sangre nunca olvida. No se trata de Dante, ni de Zoe. Se trata de ti. –E.V."
Verona sintió un vuelco en el pecho. Eliane Vallesi. La madre de Zoe. La mujer que todos creían perdida en el tiempo y en la traición.
Un crujido la sobresaltó. Paolo estaba detrás de ella, apoyado contra la pared, observándola con los brazos cruzados y esa sonrisa ladeada que nunca revelaba del todo si