La noche había caído sobre Nápoles con un peso húmedo, casi pegajoso. Desde la ventana del cuarto estrecho donde Verona se refugiaba, podía oír el rugido de las motocicletas cruzando las calles estrechas como cuchillas, y el murmullo inquietante de un puerto que nunca dormía. Había desplegado sobre la mesa un mapa antiguo, los bordes deshilachados, con marcas de tinta que parecían cicatrices sobre la geografía. Fue allí, entre dobleces ocultos, donde descubrió algo que no esperaba: una nota esc