ZOE
El silencio en la cabaña era distinto después de haberlo tenido dentro de mí. Ya no era un silencio frío, como cuando llegamos huyendo, sino un silencio cargado de calor, de piel y de memoria. Las paredes de piedra parecían guardar aún los ecos de nuestros cuerpos chocando, de mi nombre pronunciado entre sus dientes, de su respiración ardiendo contra mi cuello.
Yo estaba desnuda sobre las sábanas negras, con el cuerpo aún temblando en espasmos pequeños, como si mi carne se negara a olvidar lo que había sentido. El fuego de la chimenea chisporroteaba, lanzando sombras rojas sobre el techo bajo, y cada una parecía dibujar una versión distinta de Dante: el amante, el soldado, el verdugo.
Me giré hacia él. Seguía tendido a mi lado, con el torso desnudo y sudado, el pecho subiendo y bajando lentamente. Había algo brutalmente humano en verlo así: vulnerable, desarmado, casi bello de una manera que dolía. Tenía los ojos cerrados, pero sabía que no dormía. Dante nunca dormía de verdad.
—S