ZOE
El silencio en la cabaña era distinto después de haberlo tenido dentro de mí. Ya no era un silencio frío, como cuando llegamos huyendo, sino un silencio cargado de calor, de piel y de memoria. Las paredes de piedra parecían guardar aún los ecos de nuestros cuerpos chocando, de mi nombre pronunciado entre sus dientes, de su respiración ardiendo contra mi cuello.
Yo estaba desnuda sobre las sábanas negras, con el cuerpo aún temblando en espasmos pequeños, como si mi carne se negara a olvidar